lunes, 29 de mayo de 2017

Uno de mis miércoles

Miércoles 24 de mayo del 2017

6:30 a.m.
Una mañana tibia, mañana de primavera, 17 grados centígrados en el termómetro. Descansado, recién duchado, con aromas nuevos, muy despierto y listo para el trabajo.

Me he acomodado en la primera plaza del autobús para tener la mejor vista, mirando de frente al camino. No soy de los que acostumbra dormir en los viajes, me gusta ver a través de la ventana, alargar la mirada más allá de mis límites mientras los pensamientos juguetean para construir una realidad alterna.

Como ya me es costumbre, viajo con el estómago vacío y sin haber bebido nada. Esta estrategia, manía según otros, la sigo desde que me mude a mi casa hace poco más de un año, para evitar inconvenientes en el trayecto. Desde aquel entonces viajo con mi mochila en la espalda. Esta vez no llevo libros, mi época de estudiante ya quedo tiempo atrás. Ahora cargo recipientes con comida para alimentarme cuando lo considero conveniente. Esto me ayuda a entretener el hambre y a ahorrar algunas monedas, pues de lo contrario tendría que comprar bocadillos en la cercanía del trabajo, que a la larga mermarían mi salud y mi economía.

7:40 a.m.
Hemos llegado a la terminal de autobuses. Llevo el tiempo justo para entrar a la oficina. El cielo está nublado, pero no llueve. Se me antoja no subir al Metro San Lázaro, sino caminar 40 minutos hacia el Metro Balderas, pero mi responsabilidad que me acompaña como lo hace el rosario con su fiel religiosa, me detiene. Así que de inmediato tomo al Metro para no retrasarme. Ya llegará el momento de estirar las piernas.

6:30 p.m.
Mi jornada laboral ha terminado. ¡Yupiii! Me dirijo a casa.

6:58 p.m.
¿Porque no puedo viajar en Metro, sentado y con aire acondicionado?

¡No me puedo subir!

sniff! sniff!

7:00 p.m.
Mejor me salgo del caluroso túnel para tomar un camión sobre Av. Universidad.

7:07 p.m.
Ahora voy centrado junto a la ventana.

¡Bendito remedio!

Viajar en transporte público en ocasiones es entretenido, pues puedes ligar o escuchar las conversaciones de los otros.

Al camión ha subido una jarocha, se le nota en lo alegre de su conversación. Ella va hablando por teléfono con algún amigo y no se molesta por bajar la voz. Sus risotadas y relatos nos hacen reír a más de uno.

Cuando ella abandona el camión se nota, pues la energía del güiri güiri también baja con ella. Todos los pasajeros vamos mudos.

7:52 p.m.
He llegado a Salto del Agua, debo tomar una decisión. ¿Me subo al Metro?... ¡¡NOOO!!

Continuaré mi marcha a pie. Distancia aproximada a San Lázaro: poco más de media legua.

Al igual que misionero en tiempos de la colonia, ¡ahí voy!

8:20 p.m.
El andar a pie no puede dejar de gustarme. Los paisajes y personajes con los que me encuentro me maravillan en todo momento. Al pasar por el centro me topé con extranjeras chulas entre señoriales edificios virreinales y anchas avenidas. Ahora que paso por La Merced me encuentro con lo autóctono, con etnias muy arraigadas en sus costumbres, con gente trabajadora y otros entregados al vicio y al abandono. Mientras que las evas en cada esquina lucen sus encantos, que con una mirada seductora invitan al transeúnte a morder el fruto prohibido.

Ahora me apresuro, pues la noche me corretea y no quiero estar inmóvil, ya que podría ser presa de la fauna nocturna.

Continuó con mi andar.

8:35 p.m.
Ya me encuentro en la terminal de autobuses que habrá de retornarme a mi ciudad destino, a mi ciudad natal.

Me encuentro agitado y acalorado, pero satisfecho.

¿Por qué elegir los túneles cuando puedes elegir las carreteras? ¿Por qué elegir andar en ruedas cuando puedes elegir andar a pie? ¿Por qué elegir el espacio cerrado cuando puedes elegir el espacio abierto? ¿Por qué elegir una atmósfera densa cuando puedes elegir flotar en el aire?

Sal y camina que la vida está afuera.

¡Empápate de vida!

9:46 p.m.
Bendito sea Dios y su santo nombre. Finalmente me encuentro en casa. Ahora a descansar que mañana me toca una jornada igual de entretenida.

Una cenita, un poco de tele y a hacer la meme.

Que tengan un sueño reparador.

¡Hasta mañana, camaradas!

miércoles, 22 de febrero de 2017

Marlene

Por ahí de octubre o noviembre del 2016, en un centro comercial de Texcoco, me topé con Marlene, quien fuera mi "crush" en la universidad. Ella iba sonriente, acompañada de un chico de aproximadamente de la misma edad, simpático y de buen trato. No estoy en su campo de visión, entonces me acerco y con gusto la saludo. Me presenta, conversamos brevemente e intercambiamos números telefónicos. Para ser honesto, pensé que ella nunca me llamaría y yo pensé en no llamarle. ¿Para qué?

Pero cuando hay un algo de interés hacia la otra persona, uno es curioso, los pensamientos llegan y, como correo "spam" te distraen y te saturan. Así que no tardé en ponerme en contacto con ella. La invité al gimnasio el cual visito regularmente para ver si ocurría algo. Pues nada. Rechaza mi invitación por cuestiones de tiempo. No insistí más y doy por cerrado el tema.

A los pocos días, ¡sorpresa! Sin decir agua va, recibo un mensaje sugerente:

Migueeeeel, ¿qué harás por la noche?

(!)

Las palabras habría que escogerlas con cuidado, porque podrían dar un mensaje equivocado. De modo que, con calma y sin tomar ventaja, me limito a contestar. El intercambio de mensajes de texto a través del teléfono continúa. Se trata para invitarme unos pistos en un bar de la localidad. Ella planea salir con su grupo de amigos y amigas. Me pregunta que si quiero ir. No lo pienso. Le confirmo mi asistencia. Era el jueves 29 de diciembre del 2016 cuando finalmente tendría lugar el reencuentro. ¡Uff!

Como lobo en solitario, siguiendo los rastros de su presa, me presento puntual a la cita cargado con mi paquete de "por qués". Poco inseguro, mucho curioso, soy el primero en llegar. Le llamo:

Yo:Hola, he llegado.
Ella:Hola, no tardo. Estoy en camino.
Yo:Te espero, no te apures.
Ella:De acuerdo. Adiós.
Yo:Adiós.

A los pocos minutos llega la reina: sola, sin su comité, sin su consorte. Entonces la veo, la escaneo, nos miramos y finalmente estamos ahí ella y yo solos, por un momento solos. El saludo y las preguntas de protocolo abren la conversación. Posteriormente, con un gesto le pido al mesero que venga para ofrecerle una bebida a quien ahora me acompaña. Se disipan mis miedos, la ternura me invade... "Acércate más, un poco más, junto a mí, no seas tímida, anda." Son las voces que susurran en mi cabeza.

Ni tardos ni perezosos, de poco en poco van llegando los otros; bueno, dos chicas y un chico, dos de ellos compañeros de nuestra alma mater. Entonces despierto de mi fantasía. Vuelvo a la realidad para continuar con los formalismos. De pie, extendiendo el brazo. Sonriente participo en el diálogo:

¡Qué tal, mucho gusto! Mi nombre es Luis Miguel. Bla bla bla bla bla...

Parece ser que no solo era mi reencuentro con la anfitriona, ya que el resto de los invitados también se mostraron gustosos de asistir. Las cálidas conversaciones se extendieron tanto en aquella fría noche de diciembre, que tuvimos que movernos en auto a otro local para continuar con los viejos recuerdos, pues estaban por cerrar.

Ya instalados en el restaurante propio para trasnocheros, cada quien ordeno algo sólido y caliente para el estómago, pues los aromas del lugar invitaban al que va entrando a degustar suculentos platillos. No queríamos despedirnos, los recuerdos borboteaban sonoramente. Todos participábamos, contábamos anécdotas y nos reíamos de nosotros mismos. Sin embargo, debíamos partir, pues ahora el segundo local nos apuraba con la cuenta también. A demás, a pocas horas debíamos alistarnos para desfilar rumbo a nuestros trabajos.

Mientras nos despedíamos, rodeados de una atmósfera de fraternidad, se me ocurre que debo seguir adelante con mis indagaciones.

¡Esperen! Atropello cual oportunista en "Black Friday": "los espero el viernes 20 de enero en mi casa, que yo invito". Entonces intercambiamos números telefónicos para estar en contacto. He quedado en lanzar la invitación y enviarles la ubicación de mi domicilio particular para que asistan al guateque.

Ella no debía faltar, de modo que espero la oportunidad para involucrarla en las amenidades de "La Gran Cena".

Esperar, debía ser paciente, contar los días. Entonces surge algo de la oscura oquedad: un brillo, y otro brillo, uno más. De pronto, en uno de los gentiles mensajes que intercambiábamos asíduamente, se lee:

Vayamos al frontón, paseemos en bici --dice ella.
Subamos la montaña, desayunemos a las afueras de la ciudad --digo yo.

¡Oh, sí! Ahí estaba la oportunidad; vacilante, provocadora. Al parecer todo marcha bien, de modo que acordamos vernos un sábado por la mañana. Ese día no hubo actividad física, solo desayunamos en el interior de la ciudad. Eso sí, nos dimos gusto en recorrer sus lugares y los míos.

¡Por Dios! Estoy descuidando la dieta --dice ella.

Haciéndole ver que la fortuna nos ha reunido y, jugando un poco al Don Juan Tenorio, entonces le digo:

"Disfruta el momento, no es todos los días
Que ya llegará el momento, de quemar calorías"

Felices por las calles de nuestra pequeña ciudad; hablamos, planeamos y organizamos lo que sería la cena con, ahora también mis amigos y amigas. De modo que aprovechamos para comprar los ingredientes, llevarlos a mi casa y hacer un ensayo. Si, un ensayo previo al gran evento --quizá disciplina, quizá pretexto para intimar un poco durante la preparación del menú--. Incluso, invitamos a un amigo y a una amiga para amenizar el juego espontaneo que surgió en las primeras horas de la mañana.

Llegada la hora de sentarnos a la mesa, la cual lucia elegante con copas y manteles, nos encontrábamos serios, solemnes, un poco extraños. Así que le dimos la oportunidad a los platillos preparados para que se manifestaran.

Mmm... me encanta la sopa --dice ella. El salmón huele bien --dice el. Sírveme un poco más de verduras --se anima la tercera. Cateemos el vino --digo yo. Y así, de poco en poco se va rompiendo el hielo.

Enseguida, el ensayo subió de tono cuando el invitado se puso guapo con el tequila y lo necesario para preparar vaporosos tragos en sus diferentes variantes: caballitos, margaritas, palomas. Ya animado y seducido por el ritmo de la música tropical, me atreví a trazar algunos pasos de baile con mi chica adorada. ¡Qué loco!

Pues sí, lo que había comenzado como un ensayo terminó en un agradable banquete que nos mantuvo en onda hasta la media noche. ¡Increible! Más de 12 horas. conviviendo con la que otrora me robara el sueño. ¿Puedes imaginar mi grado de embriaguez al final del día?

En fin, ahora contaba con una semana para preparar lo mismo, solo que esta vez para 10 invitados. ¡¡Queeé!! Pues sí, debía aplicarme para no fallar. Así que una mezcla de felicidad y nerviosismo pretenden instalarse en mi psique. Afortunadamente el trabajo diario en la oficina me distrae y me ayuda a conservar la calma.

Llegado el siguiente fin de semana, nuevamente cuento con el apoyo solidario de mi musa inspiradora. Repetimos la fórmula y ¡voilà! Todo listo en un 2 por 3. Solo que de los 10 invitados, solo se presentaron 2. Distintos a los de la semana pasada, eso sí. De modo que otra vez éramos 4 en la mesa: 2 niños y 2 niñas. Nuevamente no faltó el alcohol para envalentonarnos, solo que en lugar de baile ahora incluimos karaoke de canciones variadas: la la la la la :-D :-D :-D Afinados y desafinados, todos desinhibidos, cada quién en su momento, vibramos al compás de la rockola.

Increíble pero cierto: risas, cantos y conversaciones mantuvieron el ambiente "grooby" hasta las 8 de la mañana del día siguiente, wow!

¿Quién es esta chica que llega y me sacude?

"Mujer audaz, mujer fugaz, mujer relámpago"

Los encuentros y los espacios entre ellos generan fluctuaciones en mi estado de ánimo con múltiples devaneos, pasando de la hipertimia a la distímia en periodos nada regulares: ¿Le hablo o no le hablo? ¿Le escribo o no le escribo? ¿La busco o no la busco? ¡Si! ¡No! ¡Si! ¡No! ¡Si! ¡No! Así van pasando los días con sus noches. Noches en las que miro el firmamento, me sumerjo, navego en él, juego con sus astros de colores. Mientras que en el día, la mirada se posa en el infinito, la aspiración es fuerte y prolongada seguida de una espiración profunda. Me temo que he sido flechado. Seguro padezco de una de las tantas afecciones contraídas por el flechazo de cupido, padecimiento al cual socarronamente llamo asma.

Finalmente, el jueves 16 de febrero, después de aciagos días, la ocasión nos reúne en El Auditorio Nacional de la CDMX para gozar de la presencia de uno de mis cantantes favoritos. Desconocido para ella, conocidísimo para mí. En fin, debía acercarla a mi mundo.

A pesar del tráfico habitual de la metrópoli, logramos llegar a tiempo al inmueble, el cual refulgía con sus grandes reflectores. El público expectante deambulaba en la cercanía. Los estacionamientos, afanosos, recibían y recibían a los vehículos que formaban largas filas. Una vez ubicados en nuestras butacas, mirando el escenario con sus grandes pantallas, en espera del virtuoso solista, me apresuro con lo que me ocupa --nuevamente los sueños me perturban--.

Acerco mi mano a la suya, rozo su piel desnuda, murmuro: "morena mía". Me animo, aprieto los dientes y en seguida entrelazo sus dedos con los míos, mientras que con la palma de mi otra mano cubro el dorso de la suya, la cual con cariño sujeto. En eso, la bioquímica de mi cuerpo se acelera, se agita. Hay fiesta en mi corazón.

El evento no defraudó, de echo agradó. De poco en poco ella se fue familiarizando con las interpretaciones del divo, mismas que se tiñeron de un matiz particular con su presencia. Sé que cuando las vuelva a escuchar, me remitirán al rincón celestial que nos cobijó en aquella noche de concierto, noche de idilio.

La convivencia de aquella vez, bálsamo sanador, fue de gran regocijo. Aquel momento íntimo que comenzó poco antes de que llegara el alba y que terminó en la primera hora del día siguiente, nos acercó para tratarnos. Nos sinceramos, nos conocimos.

Me encuentro en paz --por el momento--