martes, 24 de agosto de 2010

Perla

Los días de Perla se habían tornado monótonos y aburridos. A diario debía escuchar las conversaciones sosas de sus ajadas clientas, al mismo tiempo que atendía sus servicios de peluquería en el salón de belleza en el cual ella solía trabajar cada tarde. Las pupilas se le agrandaron y sus mejillas se ruborizaron cuando un apuesto joven, con voz varonil, le solicitó un arreglo en sus patillas. Ella dejo a un lado la peluca parda que estaba reconstrullendo y con gusto se apresuró a atender al agraciado mancebo.

- ¿Cómo te llamas? –pregunta él buscando los ojos de Perla–.

Ella, con voz febril, respode.

- Perla, para servirle.

Entonces ella, curiosa, pregunta con candor.

- ¿Y usted?

Sonriente responde él.

- Paul, hermosa niña... Paul.

Ella agacha la mirada y aprieta los labios para esconder una sutil sonriza.